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sábado, 3 de diciembre de 2011

Lima grita de noche

Publicado por Vanessa Cortés Peralta

Durante los primeros años de la república, el Jirón de la Unión resultó ser el mejor lugar para alardear el status de los limeños; sus calles tenían diversos cafés, restaurantes y tiendas de importantes joyerías, que pasear (o mejor dicho ‘jironear’) era una actividad para la clase alta; sin embargo, hoy en día ya es apta para todos.

Una frase que puede ayudar a entender la importancia del Jirón de la Unión en la sociedad limeña es la que se le atribuye a Abraham Valderomar, aunque no existe una fuente que lo afirme. ‘El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palaias Concert soy yo’.

Actualmente la tradición limeña se ha modificado: El Jirón sigue siendo sede de paseo de muchos limeños, pero ya no de la clase más selecta de Lima. Sus tiendas de ropa gritan al son de cumbia y salsa mientras el caótico tránsito del peatón se esparce entre la avenida.

Por la noche, El Jirón sigue sonando a cumbia, sin embargo, desde lo alto de un edificio unas luces causan la atracción de los transeúntes. Es la cuadra 8 de la calle de Boza, en la parte superior del Banco de Crédito del Perú, el interior de ese edificio acoge tres bares de rock: Yacana, Planeta Bar y Mirador Bar.

Primer piso – Entrada

Son las diez de la noche. En la entrada del edificio se ve a un jalador y en la puerta a un guardián, y adentro a un vendedor de cigarros. Para subir hay dos opciones: escaleras o elevador. El elevador tiene un ascensorista que más parece cobrador de combi, llama a la gente y comunica sus paradas; al ingresar dice que la primera es el Planeta Bar, por lo que doy media vuelta y subo por las escaleras.

Segundo Piso – Yacana Bar

Lo primero que salta a la vista es la larga barra llena de tragos en una repisa de pared a pared. Sus tres mozos están pendientes de todo aquel que entra. La pista vacía deja ver el color blanco de la mayólica del piso, en el cual se dibujan y desdibujan formas circulares y lineales provenientes de los proyectores de luz.

La pared es de color rojo y blanco, sin hacer alusión a la bandera nacional; a la vuelta de la barra hay un pasillo contiguo. Hay una subida con cuadros de bandas renombradas colgados en la pared.



Yacana Bar. Personas que recién
 entran prefieren ir hasta el fondo para estar tranquilos.
En ese lado hay una luz tenue. Un grupo de personas se encuentra tomando pisco con Evervest, mientras que pasa una anfitriona de risos rubios, alta gracias al taco 12 y de contextura gruesa, con unos folletos de promoción de cusqueña; la gente la mira, recibe el folleto y sigue tomando. ‘Salud’, y los vasos suenan.

El mozo se acerca, entrega la carta y espera pacientemente a que se tome una decisión. En el bar se crea una atmósfera precisa para salir del trabajo, tomar unos tragos y relajarse un rato en compañía de amigos.

Alrededor de las doce el lugar está repleto y sólo unos cuantos bailan o, por lo menos, hacen el intento. La cerveza es la favorita. La gente habla, brinda y canta en simultáneo.
Al retirase, la señorita que atiende la caja pregunta si se tiene intensión de volver, de ser así te sellan la mano.

Tercer piso: Planeta Bar

Olor a incienso y una pulsera con el nombre del bar. En la pared que conlleva a la entrada se encuentra pintada una galaxia, y en la pared que le sigue hay otro mural, uno que salta a la vista de todos los que entran: es la silueta de una mujer sin rostro y con el cuerpo desnudo que está flotando en otra galaxia, con una copa en su mano de la cual salen ramas. Sobre ella hay un nido formado de otros humanos, que unidos con forman otro mundo. Una gran ilustración que evoca la frase de Enrique Barrios, <<Cada uno vive en el universo que es capaz de imaginar>>.

Al ingresar la sensación de vacío es inmediata: las paredes son de color mostaza, en las cuales hay cuadrados de color rojo ladrillo que cuentan con dibujos de espirales sicodélicos, de un radio de aproximadamente 40 centímetros. Las apenas cinco sillas que están dentro son largos cajones de madera puestos en forma de ‘T’; en ellas se encuentran sentadas dos chicas que parecen deleitar el humo del cigarro.

Por otro lado, una pareja de cincuenta o sesenta y tantos años ha dejado dos margaritas en la mesa por irse a bailar, son la única pareja bailando, suena la canción ‘Roxanne’ de ‘The Police’ todos los presentes la cantan interrumpiendo sus conversaciones y retomándolas continuamente. En la parte posterior de los cuadros se encuentra una puerta que da la terraza, con seis sillas pegadas a las paredes y, en el fondo, dos sillones que aparentan haber estado en ese mismo sitio por años.

Son personas de entre veintiséis y treinta y algo, y están reunidos en grupos de a cinco. Pegados al balcón hay una pareja inusual, un señor que borda los cincuenta con una chica que apenas llega a los diecinueve, lo que me hizo recordar a cuando hablaba con mi padre, claro que esta situación era totalmente adversa.

Me resulta curioso que dentro del baño de hombres halla un letrero que advierta, o por lo menos intente, botar a las personas que consuman drogas, como si alguien a las 2 de la mañana, con cuatro o más botellas de cerveza en el cuerpo, se vaya a poner a leer lo que dice ahí. Otra curiosidad es que, para ir al baño de mujeres, se tiene que salir del local. Lo rescatable es que el baño tiene puerta y es limpio.

Décimo piso – Mirador Bar

Un largo pasadizo con un cuarto de guarda ropa en un extremo, y al otro la puerta de la entrada. Grande, lleno de gente, música bailable, sin mozo, sin vasos de vidrio, sin olor a incienso, sin luz tenue. Sólo hay ganas de gritar para ser escuchado, mover la cabeza y bailar.
Juntarse en grupo es el vacilón de todos. La decoración es una mezcla de todo: dibujos de dioses hindúes y cada rincón del bar está pintado con algún dibujo referido al rock o a la mitología.

Dadas las dos y pico de la mañana, dos bailarinas suben a unas plataformas situadas a los extremos de la entrada: usan pelucas de color fucsia y tienen pica pica en sus manos. El furor se desata, las botellas suenan en el piso, el olor a marihuana se intensifica, cigarrillos en el suelo, saltos y rondas. Los ventiladores no funcionan cuando más deberían de hacerlo.

La canción aún no termina y se mezcla con “Matador”. Las manos se transforman en baquetas al igual que los pies; los glowstick alumbran al compás del ánimo de cada persona. Las pantallas no proyectan los videos de las canciones, pero eso ya no importa.

La existencia de este edificio demuestra que Lima es mucho más de lo que se puede apreciar a simple vista; las personas se juntan y transforman sus calles tanto por dentro como por fuera. Si eres un trabajador que necesita relajarse con un trago y luz tenue, si eres un rockero de cincuenta, si eres de los que tienen ganas de tonear hasta perder el conocimiento y la voz…, todo lo que quieras lo encuentras en este edificio que lamentablemente o afortunadamente no tiene nombre.

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