Dicen que para que las personas aprendan a nadar con más facilidad, se les tiene que enseñar desde pequeños. Pero ese no fue mi caso. A los cuatro años, mis padres me matricularon en una escuela de natación durante tres meses y no hacía más que chapotear en la patera.
A medida que fui creciendo no le veía gran problema a no saber nadar, porque no me llamaba la atención o curiosidad. En verano la pasaba en las partes elevadas de la piscina, y en la playa me ponía bajo una sombrilla a escuchar música. Si me daba calor, solo bastaba con ir a la orilla un rato para refrescarme.
Tenía desarrollada como una especie de técnica o rutina para evitar meterme al mar, ya que en repetidos intentos la ola me había revolcado. La experiencia más traumante fue cuando mi mamá me dijo que entre con ella y, cuando apenas pisamos la orilla, una ola gigante me tapó por completo. Mi madre me jaló hacia ella para evitar que el mar me lleve, lo cual, aparte de ser doloroso, creó en mí un miedo tremendo al momento de ingresar al mar.
Realmente nunca se me hizo tan dificultoso aprender algo, pero nadar fue la excepción. Luego de varios intentos me resigné a no poder hacerlo. A mis veintiún años he sido víctima de muchos apodos, como ‘La Aburrida en la Playa, La Monse y La Miedosa’. Aun así nada podía hacer que yo entre al mar.
De pronto, un día volvió a salir el tema de meterme a clases de natación; en primera instancia me negué. Cómo podía ser posible que teniendo veintiún años esté en una clase de natación con puros prenatales. Cada vez la idea se volvía más débil, porque era verano y no podía disfrutar de la piscina como muchos de mis amigos lo hacían.
Así que me decidí a darle una oportunidad más a las clases de natación y fui con mi madre a comprarme el gorro y los lentes. Ambos accesorios me parecían completamente ridículos e innecesarios, pero ahí estuve.
Al llegar el día de mi humillación pública, pensé por un momento en retirarme, porque me daba vergüenza estar en un grupo de niños que no pasaban de los 11 años, además que sus estaturas no pasaban de mi hombro. Sin embargo, afronté la vergüenza y entré. Me puse en una silla y esperé a que terminen de calentar y hacer sus flexiones. Luego, cuando el profesor llamó a todos para que se metan a la piscina, yo me quité la ropa y me quedé con mi traje de baño.
Todas las miradas giraron hacia mí. Lo raro fue que el profesor no hizo ningún gesto más que preguntarme si yo era Vanessa, y decirme que entre a la piscina. Ingresé y tal cual profesor empezó a mandar a sus alumnos dando indicaciones de ejercicios que, para mí, eran tediosos.
Al cabo de media hora, todo cambió. Supe nuevas cosas como estirar mi cuerpo sin hundirme, pero sobre todo a no ser tan ansiosa, ya que eso produciría mi hundimiento. Sin darme cuenta pasaron días y meses, y no solamente aprendí a nadar sino que también amé hacerlo.
La semana siguiente, mi madre me llevó a la playa para que pueda nadar tranquilamente, puesto que el mar ahí es pacífico. Ella se quedó sorprendida al verme nadar. No lo podía creer, ya que lo había intentado durante muchos años y nunca había obtenido éxito.
1 comentarios:
Nunca es tarde para aprender y superar los miedos.
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